sábado, 19 de marzo de 2016

EL ABRAZO

Extenuado, en la cama, esperando a que la consciencia se apagara y llegara el final del día, confiaba en que tal vez ella me abrazaría, me regalaría una gota de cariño, tal vez una caricia, un beso antes de que mis pensamientos se fundieran con mis sueños.

Durante todas aquellas noches había sido normal que la ansiedad en la espera se transfigurara en despiadado desengaño al advertir que ella ya dormía o que no vendría hasta que yo durmiera. Sólo el pensamiento de que el nuevo despertar trajera consigo un ansiado regalo de amor, disolvía el dolor en esperanza antes de visitar el mundo de los sueños. ¡Iluso de mí!

¿Qué nos había pasado? ¿En qué nos había convertido la rutina?

Aquella noche, sin embargo fue distinta. Algo hubo en la conversación que mantuvimos durante la cena. Unos platos sencillos, deliciosos, una tenue, envolvente luz, una buena e inteligente conversación en un plano de tranquilidad, aderezados con unos gramos de la complicidad de antaño.

Tras la maravillosa sobrecena me fui a la cama sólo. Al rato, ofuscado en abrir la primera puerta de la casa de los sueños, noté que algo había cambiado, fui consciente de que ella estaba allí, de pie, a mi lado. Llevaba su perfume preferido y vestía su más preciado atavío de seda negra, aquel reservado para ocasiones especiales, como la de hoy.

Entre la noche se acercó susurrante, con ademanes de liturgia, deslizándose suavemente hacia mi posición como si flotara alcanzando el lecho en el que yo yacía.


Entonces se inclinó hacia mí hasta que sentí su gélido aliento sobre mí, y me abrazó con sus dos fríos brazos, firmemente, con una fuerza inusual, llevándome consigo para siempre mientras mis pulmones exhalaban y se vaciaban por última vez.