Extenuado, en la cama, esperando a que la
consciencia se apagara y llegara el final del día, confiaba en que tal vez ella
me abrazaría, me regalaría una gota de cariño, tal vez una caricia, un beso
antes de que mis pensamientos se fundieran con mis sueños.
Durante todas aquellas noches había sido
normal que la ansiedad en la espera se transfigurara en despiadado desengaño al
advertir que ella ya dormía o que no vendría hasta que yo durmiera. Sólo el
pensamiento de que el nuevo despertar trajera consigo un ansiado regalo de amor,
disolvía el dolor en esperanza antes de visitar el mundo de los sueños. ¡Iluso
de mí!
¿Qué nos había pasado? ¿En qué nos había
convertido la rutina?
Aquella noche, sin embargo fue distinta. Algo
hubo en la conversación que mantuvimos durante la cena. Unos platos sencillos,
deliciosos, una tenue, envolvente luz, una buena e inteligente conversación en un
plano de tranquilidad, aderezados con unos gramos de la complicidad de antaño.
Tras la maravillosa sobrecena me fui a la
cama sólo. Al rato, ofuscado en abrir la primera puerta de la casa
de los sueños, noté que algo había cambiado, fui consciente de que ella estaba
allí, de pie, a mi lado. Llevaba su perfume preferido y vestía su más preciado
atavío de seda negra, aquel reservado para ocasiones especiales, como la de
hoy.
Entre la noche se acercó susurrante,
con ademanes de liturgia, deslizándose suavemente hacia mi posición como si
flotara alcanzando el lecho en el que yo yacía.
Entonces se inclinó hacia mí hasta que
sentí su gélido aliento sobre mí, y me abrazó con sus dos fríos brazos,
firmemente, con una fuerza inusual, llevándome consigo para siempre mientras
mis pulmones exhalaban y se vaciaban por última vez.